En medio de un evento corporativo, encontré un ángulo de vista donde la arquitectura del lugar en que me hospedaba me hacía sentir que tenía una playa o que este hotel se levantaba entre aguas turquesa; allí cuando terminaba la estadía, en medio de la logística de transporte que llevaría a algunos compañeros a casa, encontré mientras caminaba al parqueadero 3 tarros de tinta que hábilmente recogí y cuando me dirigía a retirar la maleta de la habitación fueron detectados por la mirada curiosa de mi jefe que husmeaba sin disimulo mis manos y entonces decidió preguntar:
-... ¿Y eso? ...
- ¡Encontré tinta para la alegría! Voy a la habitación por mi maleta y salimos, respondí.
Él, con molestia y poco interés dice:
- No sé que vas a hacer, no puedes llevar todo eso, sabes que queda muy poco espacio, nos vamos ya.
Se dio la vuelta y yo me acerqué corriendo a ver la ocupación de las vans, en verdad no sabía cómo iba a caber allí, (por un momento pensé en preguntar si alcanzaba a ir por mi computador y mi ropa) pero en un acto de claridad o estupidez le di la espalda al hotel y me subí con nada más de lo que tenía en las manos, por alguna razón no estaba dispuesta a dejar una sola cosa. El conductor arrancó, mi celular empezó a vibrar, y yo simplemente sabía que ni allí ni en esa van había espacio para mi, sabía que donde no hay espacio para la tinta no hay espacio para nada, así que, sin darme cuenta me desprendería de cosas pero no de mi identidad.
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